viernes, 15 de febrero de 2013

Decisiones y más decisiones

"Y el Señor le contestó a Adán: Te he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén. Jesucristo ha expiado la transgresión original  por lo que los pecados de los padres no pueden recaer sobre la cabeza de los niños, porque éstos son limpios desde la fundación del mundo. Por cuanto se conciben tus hijos en pecado, de igual manera, cuando empiezan a crecer, el pecado nace en sus corazones y prueban lo amargo para saber apreciar lo bueno... Y les es concedido discernir el bien del mal; de modo que son sus propios agentes..." 

Quise empezar citando esto de las escrituras para hacerlo más formal.

Analizando un poco este párrafo, se entiende que "el pecado original" (comer del fruto prohibido) fue perdonado a Adán y a Eva y que sus hijos nacerían con las consecuencias del mismo: la muerte física, enfermedades, dolores... Pero también podríamos diferenciar entre el bien y el mal, de esa forma podemos  sentir. Cosa que antes en el Jardín de Edén no se lograba. "No se puede conocer lo dulce sin probar lo amargo"

También menciona que somos nuestros propios agentes; somos responsables de lo que escogemos, y de las consecuencias de esas elecciones. Lo cual me deja confundida. 

Esta semana fue escalofriante. Tuve picos de alegría y de tristezas... más tristezas que alegría. La madrugada del lunes lloré hasta dormirme después de una conversación que me desconcertó.

Había recibido la revelación de que él sería con quien podría pasar el resto de mi vida, y no me incomodaba ni me era ajeno imaginarme  junto a él.
Lo que me tiene confundida es el por qué el Señor me dijo que ese hombre era para mí, si él no quiere (y no voy a obligarlo) ser parte de mi religión. Tengo la libertad de escoger, pero claro, ateniéndome a las consecuencias. Y la consecuencia a la decisión de quedarme con él, sería un matrimonio fuera del Templo.

Cuando preguntaba esas cosas sobre mi futuro, siempre recibía como respuesta un "espera" y al final, esa persona nunca era la indicada. Pero con él fue diferente. Sentí literalmente un fuego en mi pecho y una tranquilidad/felicidad que no había sentido en ninguna respuesta a ese tipo de preguntas. Y que debía predicarle el evangelio, pues me sentiría muy feliz si lo aceptaba.
Pero desde el principio me aclaró que no le gustan las religiones y que jamás se uniría a una.

Tal vez interpreté mal mi revelación, o tal vez estoy en error ahora. No lo sé... porque estoy en una lucha entre el corazón y la mente. Ambos tienen posturas muy buenas, pero muy diferentes. Y seguir a uno de los dos, estaría en error. O por lo menos yo no me sentiría bien con eso.
Aún no encuentro una solución que logre satisfacer a ambas opciones; y no creo que exista ese punto intermedio, ese punto gris. Mayormente son dos caminos, no tres. Y no hacer nada, no es una opción.

Quisiera poder estar con él; desearía que la religión no nos impidiera estar juntos. Bueno, técnicamente no lo hace.
Podría casarme por civil con alguien que no fuera de mi iglesia, pero no lograría sellarme en el Templo con él por tiempo y eternidad. Y tengo miedo de tomar una mala decisión, ...creo que todos sentimos miedo a equivocarnos alguna vez.

Mi plan inamovible para el futuro no tan distante es: trabajar todo este año para ahorrar y pagar la misión (predicar el evangelio en alguna parte del mundo). La misión dura un año y medio. Estaría lejos de mi familia y amigos, pero ir a la misión es lo que deseo. Y no quiero que eso cambie.
Una solución temporal que logro ver ahora, es esperar, y en dos años tomar la decisión.
Aunque  hoy, en el camino de regreso a casa, me senté en el banco de una plaza a pensar que en ese tiempo él me olvidaría y encontraría a alguien mejor.

No me gusta pensar en "Alguna día volverás a amar, encontraras a alguien mejor"... siento como si estuviese descartando un vaso de plástico. Y las personas no son descartables ni reemplazables.

Mi corazón se niega a dejarlo ir, porque lo quiero muchísimo... Mas la razón dice que lo deje libre por más que me duela en el alma.

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