lunes, 28 de enero de 2013

Pizzas, amigos y alcohol

Acabo de volver de lo que se sería  una "fiesta con amigos". Sólo que la mayoría de los presentes no eran mis amigos y no era una fiesta sino una simple cena con pizzas. Una reunión, una excusa para beber alcohol y fumar.

Las primeras en llegar a la casa del anfitrión, fuimos mis dos amigas, (Yessica y Nadia) y yo.
Yessica, usando sus saberes de cocinera profesional, amasó las pizzas. Nadia y yo nos encargamos de la salsa.
De a poco fueron llegando chicas a quienes desconocía. Las saludé amablemente, haciendoles creer que tenía dominada la situación de encontrarme en medio de gente que jamás había visto en mi vida. Cosa que no era así.

Todo seguía siendo cómodo mientras mis dos amigas y yo permanecíamos en la cocina, sacando del horno y  cortando las porciones de pizzas.
Pero llegó un momento en el que las pizzas cesaron de hacerse, por la falta de demanda. Así que tuvimos que salir de la cocina y relacionarnos con los demás invitados en el patio.

Mis dos amigas se acoplaron al grupo de los que bebían de una jarra con mezclas de distintas bebidas que desconozco. Mi asiento quedó entre medio de los que fumaban y su humo complicaba mi respirar.
Tuve que dirigirme al baño para alejarme por unos pocos minutos de algo que me incomodaba rotundamente.

Me parecía gracioso el hecho de que la música (que no era de mi agrado) fuera la única que mantenía el ambiente de "fiesta" de aquella reunión tan extraña (extraña para mí, que no acostumbro a participar).
No había demasiada conversación en aquel circulo de sillas. La música paraba y el silencio se hacía más notable.

Creía que el reloj se burlaba de mí cada vez que lo miraba y los minutos en él no pasaban.
Fingí mandar mensajes de texto a quien fuere, por alguna razón me sentía menos sola.  Y al final, terminé por gastar mi crédito con mi amiga Nadia, quien estaba sentada a mi lado.

El anfitrión de la fiesta no había estado presente desde hacía un buen rato, todos preguntaban por él, más que nada yo, que necesitaba volver a casa. Más allá del horario en el que les prometí a mis padres volver, quería llegar a casa para sentirme cómoda y hablar con una persona que por estos días, me armó una pequeña rutina todas las noches que me gusta seguir.

Y ahora soy feliz... ya no me preocupa el que hablen mal a mis espaldas por no haber bebido ni fumado. Quería salir de ese pozo. Éste sapo no pertenecía allí.

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