miércoles, 8 de agosto de 2012

Parodia del Aleph


Llegó la hora de concluir un punto que parecía, como muchos de los puntos circulares con los que trato, un punto eterno.                
Un punto… sólo eso era. Una mancha que pronto se borraría con el pasar de las horas, días o meses, dependiendo de la profundidad que tenía en la hoja.

Hacía unos años, había tergiversado mi sabia y tranquila rutina con la aparición de estas insensatas e intrigantes manchas, con la idea de comprobar una teoría (Tal vez la teoría más estúpida que podía haberme planteado), sobre poner a prueba ideas, pensamientos, creencias, sensaciones y experiencias, con opuestos que me llevarían completamente al extremo del resultado al cual yo quería llegar: un fortalecimiento de mi fe, mi esperanza, mis ideales.

El no conocer o no entender mis propios ideales, había causado que perdiera mi estabilidad y mi objetivo principal.
Las manchas que comenzaron a aparecer paulatinamente, ya no eran manchas, eran puntos, puntos redondos. Y lo circular, como sabemos, es infinito… hasta que descubrí que las apariciones de los círculos seguían un patrón, lo cual me llevó a descubrir que mis ojos, y mis pensamientos, (ya desequilibrados de su propio eje) eran los culpables de sus formas.
Podían ser círculos, como podían ser cuadrados o simples manchas sin forma definida.

Mis ojos, mis propios ojos podían convertir nuevamente en nada, lo que yo misma había transfigurado en lo más importante sobre la rutina de mis días.
Sólo faltaba aprender a controlarlos; volver a obtener el dominio sobre algo que yo misma había dejado de lado. Una tarea más para mantener ocupada a mis condiciones mentales.
¿Y mientras tanto?
¿Qué ocurría con los puntos? Cambiaban de forma, pero no desaparecían…
El patrón que seguían era lo que mi mente había olvidado incluir en el rescate de mi propio extravío en esta absurda teoría.
Los puntos seguían un patrón, lo que significaba que tenían un principio y un fin,  un comienzo iniciado en algún lugar de la hoja, que luego acababan para volver a empezar en un ciclo repetitivo.

Si podía controlar sus formas no circulares, podría controlar también su patrón.
Al igual que pude permitir sus apariciones en mi rutina, controlaría su muerte.

Había llegado la hora, por fin, de concluir el último punto de la hoja que parecía, como muchos de los demás puntos circulares con los que traté, un punto que jamás llegaría a su fin.
A pesar de que parecía interminable la transformación, se veía venir, pues había aprendido a controlar el patrón de los círculos en la hoja. Intentaría cambiar el patrón por algo que resultara permanente, irrepetible, inamovible. Algo que no comenzara y terminara.

Algunos puntos terminaban más de prisa que otros. Algunos parecían no borrarse jamás, pero a fin de cuentas, morían.

La última mancha molesta que había aparecido,  se borraría con el pasar de las horas, días o meses, dependiendo de la profundidad que tenía en la hoja.
Paradójicamente, esa mancha se había infiltrado en los hoyos diminutos de la hoja, lo que hizo difícil su borrar.
Pero como dije anteriormente, su fin se veía venir. No parecía ser próximo, pero yo sabía, que en algún momento le llegaría la hora de ser borrado.

Por fin hoy llegó ese momento.


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