Llegó la hora de concluir
un punto que parecía, como muchos de los puntos circulares con los que trato,
un punto eterno.
Un punto… sólo eso era.
Una mancha que pronto se borraría con el pasar de las horas, días o meses,
dependiendo de la profundidad que tenía en la hoja.
Hacía unos años, había
tergiversado mi sabia y tranquila rutina con la aparición de estas insensatas e
intrigantes manchas, con la idea de comprobar una teoría (Tal vez la teoría más
estúpida que podía haberme planteado), sobre poner a prueba ideas,
pensamientos, creencias, sensaciones y experiencias, con opuestos que me
llevarían completamente al extremo del resultado al cual yo quería llegar: un
fortalecimiento de mi fe, mi esperanza, mis ideales.
El no conocer o no
entender mis propios ideales, había causado que perdiera mi estabilidad y mi
objetivo principal.
Las manchas que comenzaron
a aparecer paulatinamente, ya no eran manchas, eran puntos, puntos redondos. Y
lo circular, como sabemos, es infinito… hasta que descubrí que las apariciones
de los círculos seguían un patrón, lo cual me llevó a descubrir que mis ojos, y
mis pensamientos, (ya desequilibrados de su propio eje) eran los culpables de
sus formas.
Podían ser círculos, como
podían ser cuadrados o simples manchas sin forma definida.
Mis ojos, mis propios ojos
podían convertir nuevamente en nada, lo que yo misma había transfigurado en lo
más importante sobre la rutina de mis días.
Sólo faltaba aprender a
controlarlos; volver a obtener el dominio sobre algo que yo misma había dejado
de lado. Una tarea más para mantener ocupada a mis condiciones mentales.
¿Y mientras tanto?
¿Qué ocurría con los
puntos? Cambiaban de forma, pero no desaparecían…
El patrón que seguían era
lo que mi mente había olvidado incluir en el rescate de mi propio extravío en
esta absurda teoría.
Los puntos seguían un
patrón, lo que significaba que tenían un principio y un fin, un comienzo iniciado en algún lugar de la hoja,
que luego acababan para volver a empezar en un ciclo repetitivo.
Si podía controlar sus
formas no circulares, podría controlar también su patrón.
Al igual que pude permitir
sus apariciones en mi rutina, controlaría su muerte.
Había llegado la hora, por
fin, de concluir el último punto de la hoja que parecía, como muchos de los
demás puntos circulares con los que traté, un punto que jamás llegaría a su fin.
A pesar de que parecía
interminable la transformación, se veía venir, pues había aprendido a controlar
el patrón de los círculos en la hoja. Intentaría cambiar el patrón por algo que
resultara permanente, irrepetible, inamovible. Algo que no comenzara y terminara.
Algunos puntos terminaban
más de prisa que otros. Algunos parecían no borrarse jamás, pero a fin de
cuentas, morían.
La última mancha molesta
que había aparecido, se borraría con el
pasar de las horas, días o meses, dependiendo de la profundidad que tenía en la
hoja.
Paradójicamente, esa
mancha se había infiltrado en los hoyos diminutos de la hoja, lo que hizo
difícil su borrar.
Pero como dije
anteriormente, su fin se veía venir. No parecía ser próximo, pero yo sabía, que
en algún momento le llegaría la hora de ser borrado.
Por fin hoy llegó ese
momento.


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