No estuvo tan mal mi primer día de clases después de las vacaciones de invierno. Pero cabe recordar que solo fue volver a una rutina que me corresponde seguir, solo un poco más hasta que termine mis estudios.
No tuve más que peleas con mis padres todo el fin de semana, fueron discusiones que me costaron mi humor; tan bien que lo venía manejando…
Por ello, tomé las riendas esta vez, intenté estar lo mejor posible para comenzar un lindo día de clases, y así resultó. A puras risas, nada de sorpresas, una rutina que supe manejar porque sabía lo que estaba por venir. Tenía todos mis horarios calculados, qué hacer y qué no. Por supuesto que ni yo misma me obedecí.
Al levantarme 40 minutos más tarde de lo que yo había planeado, me retrasó un poco, y discutir sobre mi desayuno con mi padre también me retrasó y me puso nerviosa. ¿Nada de ponerse mal? Al parecer olvidé cumplir esa parte del plan.
Salí caminando rápido, tratando de ahogar las palabras de mi padre con la bendita música del mp6 y tratando de tranquilizarme.
Lo conseguí de inmediato. No tuvo que haber una razón específica que me haya puesto de buen humor, o más precisamente, que me haya hecho sonreír con tanta rapidez. Simplemente me puse bien.
Estar con mis compañeros y compañeras de la escuela me puso mejor; es por volver a estar con gente que, quizás no me entiende en todo sentido, pero que comparte mis espacios, alguno que otro gusto y deseos.
Con solo estar con chicos que saben cómo distraerme haciendo chistes tontos, hablando incoherencias graciosas, me hizo recuperar fuerzas para combatir un día “normal” como este.
No es que deteste los lunes,… no. Creo que los quiero lo suficiente como para aguantar todo un día en la escuela.
Mis planes para el día de hoy se frustraron tristemente debido a mi inestabilidad.
La comida se filtró por mi boca inevitablemente, sin que nadie me obligara… más allá de que Nadia me dijo que comiera la mitad de su sándwich, habiendo comido ya algo de chatarra.
Para no pensar en la culpabilidad que (por suerte) no se apareció hasta que se hizo de noche, tuve que conversar con Yessi y Nadia repetidas veces los mismos temas; y uno de ellos fue la fiesta de 15 años de una de nuestras compañeras que tendremos este fin de semana.Me cansaba, pero me distraía.
Llegó la noche.
Bendita y a la vez maldita noche… me llena de pensamientos confusos y a la vez concretos. Algunos me deprimen y otros simplemente me hacen reflexionar, pero no siempre termino feliz una noche. Tendría que haber tenido un día súper híper mega espectacular para tener algo bueno qué recordar antes de irme a dormir.
Pero no, hoy no lo tuve.€
Tampoco me quejo, no critico este día, a pesar de que no me salieron las cosas como esperaba que salieran.Solo pienso.
Retengo y reproduzco en mi cabeza las escenas especiales de mi día. Intento imaginar alguna solución que me hubiese gustado aplicar a mi falta de estabilidad en mi postura de no consumir comida, por ejemplo.
Ensayo las frases que diré, o las cosas que podré hacer; ensayo cómo hacer para que pueda olvidarme de mis fallas y empezar de nuevo. Total, mañana es otro día, comienzo de cero.
Pero sigo guardando trozos del día en mí, pedacitos de disgustos, penas y ofensas que me mantienen despierta más tiempo del que me gusta permanecer.
Trato de no pensar, trato de no hacer nada… pero me ganan las ansias de escribir, de transmitir parte de lo que circula por mi cabeza hace un par de horas. Simples frases, sentimientos que no quiero ocultar.
Aún espero algo que no llega, a pesar de que ya lo tengo cerca.
La ansiedad me está matando, me está engordando y a la vez consumiendo.
No dejo de pensar que si no fuese por mis padres, yo no estaría tan ansiosa como lo estoy ahora, o al menos sabría controlar más mis impulsos; en este caso la comida. ¿Por qué no quiero comer? Porque de verdad estoy engordando, lo noto en los huesos que ya no veo. Porque oí de Ezequiel que no le gustaban las gordas. ¿Por qué vuelvo a mi intento de adelgazar con rapidez? Porque siento que no conseguí mi cometido, no bajé los kilos que quería bajar… por supuesto que sería exagerado decir que quería bajar 9 kilos en 10 días o lo que me tomase bajar esos kilos, pero yo era así: exagerada. Y aún lo sigo siendo.
Anteriormente el auto lastimarme era causado por muchas o varias razones mescladas entre sí que se apoyaban unas a otras, haciendo justificable mi comportamiento dentro de una explicación psicológica.
Pero ahora que tengo los pensamientos algo más claros, puedo decir que “No Quiero Comer” nuevamente porque simplemente me veo gorda, y esta vez, excesivamente gorda. ¿Cómo lo sé? Porque así lo siento, lo sé cuando me siento insuficientemente linda, o cuando no llamo la atención de nadie de ninguna forma. Cuando veo que otras no consumen más que un caramelo de menta y agua, y yo estoy comiendo un sándwich de jamón y queso derretido. Cuando me doy asco, sí, me doy asco de esta manera; cuando me miro al espejo y no me entiendo, no me sé arreglar, no me encuentro arreglo. Cuando les entrego mi debilidad a personas que me desvalorizan, les entrego toda razón cuando me dicen “No servís, Vero”. Cuando veo que otras tienen lo que no puedo conseguir: sentimientos, emociones, situaciones únicas, amor, amistad…
Me dejo llevar porque estoy débil, porque tengo miedo de no alcanzar jamás lo que creo merecer, o lo que debería merecer.
Así me castigo, pensando. Pensar, volver a reproducir todo lo que te lleva hacia más abajo del asfalto.
Pensar te lastima más que un cuchillo, el dolor y las marcas son mucho más permanentes de lo que duraría un corte común. Castigarme ¿Por qué? El castigo viene mediante un acto que se realizó indebidamente, una acción errónea. El castigo es una corrección del error… mi error ¿Cuál es?... el haber nacido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario